Durante
el último cuarto de la obra, todo lo que ha sido bajo de la superficie sale a
la luz y la relación, o falta de relación, entre Elsa y Agustín Valdés fracasa.
Durante la conversación por teléfono entre María y Agustín, vemos que realmente
él no tiene ningún sentido especial para ella, aunque él realmente llena su
mente. Pero, también, hay un instante importante, en que Elsa dice que no
quiere un hombre realmente, que sólo quiere amar completamente. Esto, con su decisión
de no visitar Agustín, muestra que realmente ella sabe que no está enamorada de
Agustín sino de sus propias ideas de amor.
Lo
que me afecta más fue el final de la obra. Realmente durante los últimos capítulos
sabemos que algo mal va a pasar a Elsa, por su humor y por lo sabemos desde el
principio: que ella salga del pueblo. Su muerte al final de la obra parece
inevitable: ella no tiene familia, está realmente destruido por la experiencia
de Agustín, y no puede trabajar. Desde el cuidado de Matilde, Elsa parece ser
ya en otro mundo, y María describe su cara con la palabra “cera”—realmente ella
parece muerto.
Pero
para mí, la muerte (suicida) de Elsa terminó la obra en una manera típica y
poco original. Es posible que la autor quería hacer referencia a la tema
clásica de muerte para amor que existe en tantas obras destacadas cómo Romeo y
Juliet, o The Great Gatsby. Seguramente, hay muchas conexiones entre el “amor”
de Elsa y el “amor” de Gatsby. Pero una mujer quien se suicida para escapar la
sociedad y con la acción de matarse se convierte en algo noble es otro tropo, y
para mí, lo más importante. Por ejemplo, se puede ver en obras como “The
Awakening” por Kate Chopin, un atento en la película “The Piano,” y claro, en “La
casa de Bernarda Alba.” Todas estas mujeres llegan a libertad por ser muerto.
En una manera, pienso que nosotros, como lectores, somos como Bernarda Alba al
final de la obra—ella prefiere que su hija esté muerta y perfecta que esté una mujer viva y
complicada.
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