La tragedia de represión individual y sexual que impone Bernarda a su familia está más clara en el tercer acto de La casa de Bernarda Alba. El incidente con el caballo garañón es un ejemplo en el que este tema está especialmente evidente porque este animal simboliza la manera en que Bernarda intenta de controlar su mundo. El caballo garañón lucha con violencia contra sus confines, pero Bernarda fracasa a abordar el problema en su totalidad, y en vez, ella da al animal acceso mínimo al campo. De manera similar, Bernarda está ciega a la extensión en la que sus hijas (especialmente Adela) luchan contra sus confines. Todas las chicas están muy infelices porque están aisladas del mundo exterior. Sin embargo, Bernarda insiste en tenerlas con rienda corta.
Es interesante que Bernarda no sea la única persona que impone esta represión a las chicas. Cuando Adela quiere dar un paseo al principio del acto, por ejemplo, Amelia y Martirio insisten en acompañándole. En efecto, ellas están imitando al comportamiento entrometido y dominante de su madre, aunque deberían darse cuenta de que este comportamiento es lo que las reprime. Adela y María Josefa parecen a ser los únicos personajes en esta obra que tratan de perseguir sus deseos y mantener su independencia e individualidad. Sin embargo, al final, las dos no están tan libres como originalmente parecieron. Adela tiene un destino trágico (incapaz de definir si mismo sin Pepe [a él quien Adela cree ha muerto], ella se suicida) y María Josefa está loca.
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